El que escribe; es esclavo de las palabras, de las noches pesadas y sin sueño
el que escribe; inventa, figuras en las sombras, y las sombras se vuelven claras, se construyen.
Para el que escribe; el sueño es poco y ligero, en los sueños se pronuncian sus pensamientos, sus miedos, sus palabras.
El silencio es mucho, desespera, se come el tiempo y viene el desvelo, los ojos pesan, se hinchan, se desvelan.
Y ahora, precisamente ahora, quise recordarla a ella: su cara, sus ojos, su sonrisa, su figura, sus pensamientos, sus palabras.
Hoy de casualidad la vi y platique con ella, una chica que fue mi novia. Me di cuenta de que ya no es la niña tierna, cariñosa, sensible, inteligente, sencilla, en fin, me duele saber que ahora es una déspota y tiene todo lo que odio de una mujer.
Las pocas veces que la vi después de haber terminado no nos hablábamos, solo nos mirábamos y era una magia que me hubiera gustado guardar para siempre.
Me siento triste al darme cuenta de que ya se acabó la magia y aunque no debería de tomarlo muy apecho puesto que ya no es nada mío, no lo puedo evitar. Sé que todos tenemos que cambiar, que es algo natural, pero no pensé que ella cambiara tanto y además para mal.
Todo el día vi, escuche, sentí y pensé, fue un día agotador el de hoy, y quiero tumbarme, olvidarme de todos y soñar, soñar con algo que a veces parece imposible de realizar.
Y afuera, afuera el movimiento cesa, la ciudad se embriaga en el sueño, se ponen quietos, se tumban en los sillones, en las camas, al lado de sus hermanos, junto con sus enamorados o solos con el trago en la mano, desconsolados.
El ruido se atenúa, se calla, y comienza la sinfonía de los grillos, de los perros y de los locos, los que no paran, los que gritan, los que sueñan, los que sienten, los que piensan, los que escriben.